viernes, 17 de octubre de 2014

Vainilla, canela y avellana.

En Veracruz, entre los ríos Tecolutla y Cazones, está Papantla. En las guías turísticas te recomiendan que, si viajas a este lugar mágico, visites su catedral. Te será sencillo encontrarla ya que su torre de 30 metros de altura destaca entre el resto de las edificaciones. Quizás esta es la primera vez que escuches hablar de este destino. Incluso puede ser que no sepas que, en agosto de 2009, los papantecos perdieron su condición de habitar en un espacio mágico. Un título que recuperaron oficialmente un martes de junio de 2012. Detalles de todo irrelevantes si te explico  que Papantla es conocida por ser “la ciudad que perfuma el mundo”. 

Una mezcla irreproducible de humedad, altura y temperatura, junto con unos inviernos extremos consecuencia de los fríos vientos del norte hacen que en Papantla crezca la mejor vainilla del mundo. Lo hace en forma de vaina casi idéntica a la de las habas y que, como dictan las costumbres de los totonacas, se pizca y seca al sol, desde hace ya milenios. El resultado si lo conoces. Un aroma con tal capacidad para embriagar que podríamos definirlo como poesía en estado puro. Algo que no es de extrañar ya que, al igual que sucede con los poemas, la estructura molecular de la orquídea dorada en la que florece la vainilla, es tan compleja que los científicos no han sido capaces de determinar sus componentes.

Por eso, cuando la otra noche me pediste que te explicara lo que sentía al aproximar a mi nariz la copa de vino que te había pedido, yo te miré fijamente a los ojos y no te dije nada. Luego me sonreí y te devolví la copa. En cuanto te la acercaste a los labios te dije: "a vainilla, sabe a vainilla". Ese vino joven del Bierzo que tanto nos gustó sabía a vainilla. Por eso no es de extrañar que esa noche fuera mágica. Son esas cosas que suceden en los momentos en los que cerramos los ojos y nos recordamos que tan solo tiene sentido vivir el hoy y el ahora.

Cuando dejaste la copa en la mesa completé la cata. “También sabe a madera, a melocotón y a tabaco” quise explicarte. Pero tú ya estabas en otra cosa. Quiero pensar que lo que sucedió no es que cuestionaras mis habilidades como sommelier, sino que la magia del instante te transportó a otro aroma. En este caso al de la canela. Quizás recordaste que, cuando preparo el café de los domingos, en los granos molidos espolvoreo una pizca de canela. Podrías pensar que lo hago con una intencionalidad bien clara. Dada la fama de afrodisíaca de esta especie, podrías pensar que lo hago tan solo para seducirte. Nada más lejos de la realidad. Es un gesto de gratitud. Es lo que hago cuando quiero dar las gracias a la vida por darme la oportunidad de compartir el momento.

Si bien es cierto que el embriagador aroma de la vainilla nos recuerda la importancia de vivir el momento y la delicada plenitud de la canela la emoción de compartir, en esta cata de la vida, aún nos faltaría un tercer elemento. En este caso, de todas las opciones posibles he elegido el de la avellana. La razón es bien sencilla. Mientras la otra noche vaciabas tu copa de vino con aroma a vainilla y llenabas mi mirada con esencia de canela, me contabas la felicidad tan inmensa que sientes cuando paseas por el camino de los avellanos. No tengo ni la más remota idea de por donde quedará ese camino. Lo que sí sé es que, cuando estás en él te sientes libre.


Con o sin vino, brindemos por eso. Por un instante, olvida el sabor oxidado del miedo. Quédate con el aroma de vivir el momento con plenitud y compartirlo con los que están a tu  lado. Y, cuando todo lo que respires te lleve a esa embriagadora mezcla, ponle una pizca de libertad. Entonces respira. Respira lenta y profundamente. Deja que todo tu ser se invada del aroma de la vainilla, la canela y la avellana.





viernes, 10 de octubre de 2014

Elena y su larga melena rubia

Nunca he visto a Elena. Ni siquiera en fotografías. Podría incluso afirmar que a Elena no la conozco de nada. Tan solo sé de ella dos cosas. Que tiene como compañera inseparable a su larga melena rubia y que le gusta escribir (*).  De ahí que haya tecleado su nombre y dos apellidos en Google. En tan solo 0,45 segundos. O lo que es lo mismo, lo que viene a ser una cuarta parte y mitad de un suspiro, obtengo 9.130 resultados. Es una cifra que encuentro preciosa. Creo que es porque tiene algo de cuenta atrás. Empieza por un 9 y termina en un cero. En el medio, como si fuera un sándwich de jamón y queso tenemos un 1 y un 3. Lo que viene siendo, un solitario y una multitud. ¡Curioso contraste numérico el que Google le regala a Elena!.
Decido que es mejor descartar los dos primeros resultados. El primero es el del perfil profesional en Linkedin. El segundo el de Facebook. Ambos me llevarían directos a Elena. Pero, como todo esto es en realidad un viaje, eso sería hacer trampas. Por eso me voy al tercer resultado. Es de una entrevista que le hicieron en La Vanguardia hace ya algún tiempo. Allí Elena afirmaba que: “alguien me dijo, una vez, que cada uno crea su propia realidad. Y decidí, entonces, que la mía sería muy pero que muy buen rollera…”. En la misma entrevista Elena explica las razones por las que escribe en un blog donde solo tienen cabida las buenas noticias. Lo hace porque cree que “hay mucha gente que hace cosas buenas” y eso “es algo que vale la pena compartir”. Al principio, tan solo tenía como sus lectores a sus amigos. Hoy, Elena confiesa que le impresiona saber que tiene lectores de todos los rincones del mundo. Piensa que esto sucede porque las historias que cuenta tienen todas algo en común: “todos queremos  ser felices. Lo que pasa es que, a veces no sabemos cómo. Incluso a ella y a su inseparable y larga melena rubia les pasa. 
La cosa podría acabar aquí si no fuera porque Elena, además de escribir historias que tienen en común la búsqueda de la felicidad también es licenciada en Historia. Supongo que eso explica que su primer libro de micro relatos se titule “Historias que acaban aquí” (Arola Editors, 2011).  Pero, no fue este libro, sino el segundo (“Lo que había tras los velos”) quien trajo a Elena al viaje de mi vida. Podría decir que llegó a mis manos  por una casualidad pero eso sería del todo incierto.  Pues la conozco  desde hace unos cuantos años. Hemos compartido experiencias, buenas y dolorosas,  y lo que sí debo confesar es que la llegada de Elena me pilló haciendo las maletas en busca de respuestas.
Partiendo del imperativo “conócete a tí mismo”, Elena hace un recorrido espiritual de las etapas por las que hemos de viajar para llegar a la luz. Es un viaje que, más tarde o más temprano, nos toca hacer a todos. Por eso sé que da un poco igual lo que Google me diga de Elena y que no es casualidad que su libro llegara a mis manos. Sé que, lo que de verdad importa, no es el cómo, ni el quien sino lo que nos dice Elena. Que puedes irte tan lejos como quieras a buscar donde está la fuente de nuestra sabiduría. Cuando la encuentres, te sorprenderás. Porque la fuerza, la inspiración, que necesitamos para ser felices reside en un único lugar. En nuestro interior. En nosotros mismos.  Por eso, los que tengan previsto salir al viaje de la vida, recuerden incluir a Elena y sus historias en el equipaje. Elena, muchas gracias por guiarnos en este viaje tan extraño de la vida.


(*) Raimón Arola. Prólogo “Lo que había tras los velos”


viernes, 3 de octubre de 2014

Me llamo Lorraine y esta es mi letra

Aprendió a escribir sola. Se llama Loraine y es enfermera. Bueno, eso es lo que era antes de que le robaran en Plaza de Cataluña. Llegó a Barcelona para hacer turismo y se quedó en la calle. Sin dinero y sin papeles. Todo se le complicó y allí sigue. Hoy, Loraine es una sintecho. Como ella misma dice: "no tenía nada". Por eso, los hay quienes incluso, se atreverían a decir que no es nadie. O que no vale nada Pero, no es cierto. Tan solo es alguien a quien la vida se le complicó hasta dejarle a solas con el fracaso. Y, de nuevo esto no sería cierto. Porque Loraine nunca ha perdido la sonrisa. Incluso se ríe mientras afirma que, en el hospital de Londres en el que trabajaba, todos estaban de acuerdo en que su letra era mejor que la de los médicos. Hoy, su caligrafía le ha devuelto la posibilidad de recuperar parte de lo que la vida le ha robado.
Monotype, la empresa que comercializa caligrafías, en colaboración con la Fundación Arrels ha elegido las letras de Loraine (junto con la de otros 4 indigentes de Barcelona) para incluirla en su catálogo de ventas. Eso significa que cualquier diseñador, editor o publicitario del mundo podrá usar una caligrafía que hasta ahora Loraine solo mostraba en los carteles de cartón donde pedía ayuda para comer. El paquete completo de letras cuesta entre 19 y 290 euros. El precio varía en función del uso que se le vaya a dar. Por muchas letras que venda, no sabemos si Loraine dejará la calle. Lo que sí sabemos es que podrá dejar atrás esa sensación tan terrible que nos entra a todos cuando pensamos que nuestras vidas son un fracaso.

Hoy Loraine ha escrito, de su puño y letra en el cartel de cartón donde pide ayuda, su frase favorita: "Don't worry, be happy" (no te preocupes, sé feliz). Toda una lección de vida de una persona que se quedó sin nada. Que no tenía nada. Algo que ahora sabemos que es del todo incierto. Loraine nunca perdió la sonrisa. Por eso, cuando sientas que tu vida es un fracaso, cuando te veas al borde del precipicio, respira hondo, muy hondo y deja que el aire te invada de esperanza. Luego, mientras vayas soltando lentamente el aire, sigue el ejemplo de Loraine. Regálate tu mejor sonrisa. Respira tantas veces como te haga falta. Hasta que seas capaz de sonreír.